Las cumbres del Kilimanjaro son las más altas y místicas cumbres ecuatoriales, rodeada de laderas impactantes a la vista y a los sentidos.
El Kilimajaro está repleto de contrastes compuestos por cumbres nevadas y fértiles colinas que reflejan los más extraordinarios extremos que la naturaleza es capaz de crear. Alrededor de las cumbres se han asentado pueblos que aprovechan las condiciones geográficas para desarrollar la agricultura en los ricos suelos volcánicos rodeados de aguas de manantial puras.
La cumbre del Kilimanjaro tiene apenas la mitad del oxígeno que normalmente existe en la ciudad, poniendo a prueba la resistencia de los montañistas que osan subirla en una travesía que dura a lo menos cinco o seis días escalando.
El primer hombre europeo que subió a la cumbre del Kilimajaro fue Hans Meyer en 1889, iniciando una historia de subidas que no paró hasta que las cifras de visitantes pasaron a miles, razón que obligo al Parque Nacional a impedir las visitas de improviso estableciendo la política de reservas previas para subir, principalmente por razones de seguridad y control.
Las etapas de ascensión a la cumbre se inician en los antiguos bosques cultivados en las tierras bajas, donde se ve la densa vegetación de los bosques tropicales y la condensación de nubes alrededor de éste. A ratos se producen lluvias que alimentan a las distintas especies de flora endémica. En esta primera fase de subida a la cumbre, se siente ya una espesa humedad ambiental, que se calma cuando se traspasan los 3.200 metros de altura, cuando nuevamente se abre el cielo mostrándose despejado y con intensa luz solar.

La subida a esas alturas ya se vuelve más difícil, lo que obliga a ir parando para respirar más lento y tratar de asimilar el poco oxigeno que hay. Sobre los 4.000 metros, el paisaje se convierte en un extraño desierto alpino, con cambios de temperatura dramáticos que dan espacio al desarrollo de especies muy resistentes a las condiciones difíciles, como el musgo y los líquenes.
Ya en la cumbre, sobre los 5.000 metros de altura, se encuentra el cráter Kibos, con enormes paredes sulfurantes que emiten un humo espeso a pesar de existir nieve por fuera. En el centro del cráter se puede ver varios metros de ceniza volcánica. Un espectáculo único.
Fotos: peakware